Apología al capricho.

Desmerecemos a cada instante

lo que pedíamos a gritos

merecer.

Indefensos al capricho

de ser lo que tener
y tener lo que ser
Basta con atrapar
acaparar,
el alivio de un logro efímero.
Después,
la sobredosis y
mareante inapetencia.
Somos justo lo que no pretendemos perder
hasta que lo hacemos: y entonces
es más nuestro que nunca.

Nos sobran hasta los excesos
si nos faltamos.

Creo que podría definirme mejor por lo que he perdido

sin querer

que por lo que llegaré a tener

queriendo.

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Imposibles.

Ella me cortó las alas y  dijo: “Vuela”.

Rompió mis huesos y  dijo: “Ven”.

Tapó mis ojos y me dijo: “Mírame”.

Me atragantó con promesas y dijo: “Diles”.

Me rajó los labios y dijo: “Estás tan guapa cuando sonríes…”.

Me arañó la espalda y  dijo: “Llévame”.

Se perdió en mis muslos y me dijo: “No grites”.

Enloqueció mi reloj y  dijo: “No tardes”.

Hizo a mi brújula perder el sur y me dijo: “Baja”.

Mordió mis pies y me dijo: “Baila para mí”.

Embriagó mis oídos con boleros y me dijo: “Nunca escuchas”.

Me cortó los dedos y dijo: “Hazme temblar”.

Me cosió la lengua y dijo: “Uno de Neruda”.

Me apagó la voz y dijo: “Más fuerte”.

Ella me vestía de imposibles

e invitaba a mi espejo a no mirarme.

Llenó mi papel de versos frustrados

y mi memoria de su nombre.

Y me dijo: “Ahora, bórrame”.

Pandemia

He centrado mi atención

en andar por los márgenes de nuestra historia

y he resbalado

por el filo

al vacío

de la página que

no llegamos a escribir.

Eres el corazón de mi ciudad fantasma,

el ventrículo derecho de un recuerdo desangrado.

La aorta que acorta

mi vida

por tanto sangrarte.

La OMS te demoniza: dicen que eres causa de tres mil y una

muertes en vida

y estás fuera de control.

Que la estela de tus andares de gata propaga la infección en un suspiro.

Y es cierto.

Contra la pandemia de tu olor

no existe medicina moderna que te salve.

Infectada,resignada

llevo a rastras un marcapasos de tu mirada

al que sobran pulsaciones cuando apareces danzando entre estatuas como si el mundo celebrase

ser joven

de nuevo.

Moribunda y agonizante

no hay vacuna a la inmunidad

de tu risa de hielo.

No voy a sobrevivir

a esta muerte

que me anunciaste en silencio.

Equivocada, como una niñez

que se alimenta de impulso

me traté de ti y resultaste

la enfermedad a mis remedios,

la cuenta atrás de mis

huellas

de papel.

Insaciables.

De querer siempre más. De no encontrar el momento. De ser feliz condicionalmente. De acostumbrarse sin querer y sangrar al desacostumbrarse. De querer irse sin apenas haber vuelto. De no saber volver. De perder el tiempo. De ni siquiera buscarlo. De guerras. De sus heridas vitalicias. De cobrar con intereses. De frenar instintos. De beber para olvidar. De no querer olvidar. De morir de remedios y no enfermedades. De guardar botellas en mensajes.

De eso, más que de carne y hueso.

Torres de marfil

Ni el recuerdo nos dejamos.

Volaste sin volver la vista atrás

rumbo a tu pasado,

y me borraste de tu destino.

Virtud entre virtudes el pasar de página
sin que te corte.
Elegiste la única forma de prevenir
cicatrices
que esconder bajo la piel.
Elegiste no volver a repetirme con una mirada
que di de más
cuando tuve que dar de menos.
Que di de menos
cuando tuve que dar de más.
Que no di nada, salvo los silencios que gritaba.
Y que me limitaba a amoldarte a versos
como si así pudiese contenerte en ellos.
-Fuiste mi escultura afrodisíaca de lo que no duró.
Llegué tarde sin que nadie me esperara
a darme cuenta de que no eras novela
que volver a leer
desde el principio
cuando no quieres saber como acaba.
Elegiste que el tiempo llegara demasiado temprano a su cita
para que su impuntualidad no demorase el olvido.
Llamadlo instinto de supervivencia
o sobre-vivencia a secas
a una memoria escurridiza
que se alimenta de espejismos 

en un desierto
de abundancia
y te traiciona en silencio.

La poesía no pagó los destrozos

pero construyó torres de marfil

sobre ellos,

en las cuales viven emperatrices

esperando la marcha del invierno.

-Y hoy ya es primavera”.